The Beatles: El Álbum Blanco

En esta entrega, Ale The Rose reseña el disco más grande y hasta polémico de su carrera. “Una obra sublime, única, que dejó su huella marcada en la piedra eterna de la gloria”

Mi viejo es uruguayo. En mis recuerdos de la infancia hay mucho de Uruguay, por haber ido al colegio, por haber vivido un tiempo y porque generalmente todos los veranos disfrutábamos como locos en las playas del este, mientras que el resto del año esperaba con ansias que papá, en algún cruce del Río de la Plata, me trajese discos.

La cosa era, y lo entendí con el tiempo, que, en Buenos Aires, no se conseguía lo mismo ni en tiempo ni en forma. Es decir, la calidad de los discos de acá no tenían nada que ver con aquellos ni llegaban cuando tenían que llegar. En cambio en disquerías de Montevideo se podía acceder a ediciones de lujo que todavía hoy conservo. Cuando cursaba la primaria en el Colegio San Gabriel de Vicente López, me la pasaba el día hablando de las maravillas que conseguía gracias a papá Luís y, por supuesto, eso me daba chapa, letra autorizada y estas eran mis primeras armas a la hora de tratar de captar la atención de las chicas. Con algunas (las menos) funcionaba pero con la mayoría no, porque en realidad les importaba un cuerno sobre lo que les hablaba.

De todas maneras y gracias a Dios insistí con la música. Una tarde de 1972 o 1973, no me acuerdo bien, llegué a casa y sobre la bandeja del equipo de música estaba el disco del que hacía unos años (decía mi papá) se venía hablando mucho. Ese fue mi primer contacto con uno de los discos que jamás dejaré de escuchar y que les presento hoy: El Álbum Blanco de los Beatles.

Yendo al año 1967, más exactamente al 1º de junio, estos muchachos de aproximadamente 27 años de promedio, habían tocado el cielo con las manos casi literalmente con la salida del disco más loco y ambicioso de su carrera, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, que en su momento comenté en este mismo espacio como el disco definitivo, ese que indicaba un nuevo rumbo para la música en general. Con una riqueza instrumental, un clima de aguerrido optimismo que se transmitía al que lo escuchaba, esta obra de arte fue la banda de sonido de los chicos llamados hippies en su verano del amor.

Pero claro, todo tiene su contrapartida. Ese año glorioso en críticas al disco, ventas, fama y excesos de todo tipo, empezó su lado oscuro con la muerte de Brian Epstein, ese papá que creyó siempre en ellos y los llevó a la fama. Los chicos habían crecido desde 1961 con él y con este golpazo maduraron definitivamente, con dolor, es cierto, pero listos para partir.

En febrero de 1968 se fueron de viaje a la India para establecerse en Rishikesh, que era un centro de meditación del Maharishi que era en esa época, algo así con el padre de la meditación trascendental.

Este viaje no sólo trajo un poco de paz a la terrible forma de vida que llevaban los cuatro Beatles, sino que por primera vez en muchísimo tiempo tuvieron la posibilidad de volver a verse como los cuatro amigos que realmente eran y poder hacer música por el solo hecho de hacer música.

Por un tiempo lo hicieron, pero cada uno hizo lo que pudo. Ringo se volvió a los diez días, quejándose de la comida; Paul se quedó algo más de un mes, mientras que John y George se bancaron casi todo el tiempo que duró la cosa en los Himalayas, hasta que se fueron de repente, en signo de protesta por los supuestos coqueteos sexuales (y algo más) del gurú hacia una de sus preciosas discípulas.

Sea como fuere, el hecho de haber estado en ese lugar fue como si se hubiese despertado a la musa de los Beatles pero de una manera diferente. Algo así como treinta y pico de canciones que compusieron en esos días de principios de 1968 fueron el hilo conductor del Álbum Blanco, quizá la obra más grande y hasta polémica de su carrera.

Como esta sucediendo por estos días en distintos países, en ese 1968 el mundo ardía socialmente por, entre otras cosas, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la guerra de Vietnam, el Mayo francés, las luchas por los derechos civiles y tantas otras movidas que devenían en barbaridades. Sin embargo entre fines de mayo y mediados de octubre, empezando por “Revolution” y terminando con “Julia”, los Beatles, ya devuelta en Inglaterra, grabaron un álbum doble en un estudio que George Harrison tenía en Escher, hacia el sur de Londres, donde delinearon demos de temas pensados para la nueva obra. Siete temas eran de Paul McCartney, cinco de George Harrison y no menos de once habían sido compuestos por John Lennon, a pesar de que George Martin, su productor, prefería un solo disco y acotado.

A todo esto, acá en Argentina, y a contrapelo de la censura del gobierno de Onganía, lo que sería “nuestro” rock empezaba a querer caminar con Los Gatos, Miguel Abuelo, Vox Dei, Manal y Moris como ejemplos. Este paralelismo no es casual ya que cada uno de estos que nombré se fueron nutriendo de lo que se gestó por los cuatro de Liverpool.

Según muchos, las sesiones al momento de grabar el Álbum Blanco estuvieron bien lejos de ser un ejemplo de armonía y compañerismo. A esa altura del partido, cada uno quería expresar a lo que diera lugar, su personalidad y, para completar el cuadro, el límite de tolerancia para la opinión del otro o para la indiferencia de los demás era más que bajo. Ringo estaba recaliente con algunos comentarios de sus compañeros bastantes denigrantes y dejó la grabación durante dos semanas. Por su lado, George, cuando presentó “While my guitar gently weeps” y no le dieron cinco de bola, llamó a su amigo Eric Clapton para que toque el solo de guitarra. Por último, mientras el ambiente se cortaba con un cuchillo, el ingeniero Geoff Emerick, dijo “no va más” y renunció en el medio de la grabación.

Hoy y con gente más o menos normal, todo esto termina en la nada. En este caso, en donde en las canciones predomina la primera persona, en donde las letras y los arreglos están diseñados a gusto del compositor de turno que está embolado con el que tiene al lado, con Paul no soportando la presencia de Yoko en el estudio y con John poniéndola bien al frente, así y todo y para mucha gente que hoy dice que se limitaron a ser cesionistas de sí mismos, los invito a volver a escuchar “Dear Prudente”, “Blackbird”, “Back in the U.S.S.R”, “Happiness is a warm gun”, “Birthday”, “Glass onion”o “Helter skelter”, por decir algo nomás, para que comprueben que, a pesar de las tensiones y malas ondas, cada uno puso el genio que fue destinado a ser sobre la tierra, para sacar lo mejor de cada tema, sin importar quien.

El hecho es que John, Paul, George y Ringo, por los motivos que hayan sido, no importa, hayan tenido que dejar suelta su personalidad a su libre albedrío derivó en una obra sublime, única, y dejó su huella marcada en la piedra eterna de la gloria, que nos va a seguir sorprendiendo, hoy a cuarenta y tres años, y por los siglos de los siglos.

Amén.

Ale The Rose

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